sábado, 10 de enero de 2026

BROWN & BIGELOW

Brown & Bigelow es una empresa estadounidense especializada en productos promocionales, fundada en 1896 en Saint Paul, Minnesota, por Herbert Huse Bigelow, vendedor ambulante de calendarios, y Hiram D. Brown, impresor y financiero local. La sociedad comenzó con una inversión por parte de Brown de 3000 dólares y una contribución de Bigelow de 1500 dólares, lo que refleja el papel de Brown como proveedor de capital y la experiencia de Bigelow en ventas e innovación de productos. Desde una oficina modesta, la firma se centró inicialmente en la impresión y distribución de calendarios publicitarios, un medio promocional en auge para empresas que buscaban fidelizar a su marca mediante regalos visualmente atractivos y funcionales.

Hiram Brown

Herbert Huse Bigelow

En su año inaugural, Brown & Bigelow alcanzó $13,000 en ventas totales, una cifra que subrayó la viabilidad de su nicho a pesar de comenzar con un tamaño pequeño. Bigelow impulsó el crecimiento inicial al aportar ideas innovadoras, como técnicas de impresión mejoradas y marketing dirigido a clientes regionales, lo que diferenció sus calendarios de la competencia general. Las operaciones se centraron en la impresión litográfica de calendarios de temporada con ilustraciones de stock, a menudo adaptadas a los logotipos o anuncios de los clientes, aprovechando la creciente demanda de la época de publicidad conmemorativa para mantener la recordación del cliente durante todo el año.

Calendario de 1925

A principios del siglo XX, la empresa amplió modestamente su capacidad de producción, manteniendo su enfoque en calendarios de calidad, estableciendo una sólida base en el sector de las especialidades publicitarias. Para 1907, el liderazgo de Bigelow en la fabricación había consolidado la reputación de la empresa por su producción confiable, aunque se mantuvo como un actor regional antes de innovaciones más amplias. Este período sentó las bases para su posterior prominencia, con operaciones iniciales que priorizaban la impresión rentable y de alto volumen para atender a mayoristas y anunciantes directos en el Medio Oeste. 

Oficina de la fábrica de Brown Bigelow, St. Paul, MN

Durante la década de 1910, Brown & Bigelow amplió significativamente su capacidad de producción de especialidades publicitarias, incluyendo calendarios personalizados y letreros litográficos, con la construcción de una nueva planta en 1913 que la posicionó como el mayor fabricante mundial en este sector. Este crecimiento se vio impulsado por la apertura de una planta industrial en Boston en 1914, tras la apertura de una oficina de ventas anterior en 1902, lo que facilitó una mayor distribución de productos promocionales en el este de Estados Unidos. La empresa encargó a ilustradores de renombre como Cassius Marcellus Coolidge la creación de series como "Perros jugando al póquer", realzando el atractivo de sus artículos publicitarios conmemorativos.

"Un amigo en necesidad", 1903, de CM Coolidge de su serie Perros jugando al póquer

En la década de 1920, Brown & Bigelow diversificó aún más su cartera de especialidades publicitarias, priorizando el arte de calendarios de alta calidad, incluyendo obras de artistas como Henry Hintermeister, cuyas ilustraciones aparecieron en los calendarios de 1923. Para 1925, la firma inició una tradición de incorporar ilustraciones de pin-up, contratando a artistas destacados y distribuyendo calendarios a aproximadamente cincuenta millones de hogares, lo que consolidó su dominio en la litografía promocional. El rápido crecimiento de la empresa durante estas décadas se debió a un enfoque en productos duraderos y visualmente impactantes, diseñados para la publicidad empresarial, lo que sentó las bases para el liderazgo de mediados de siglo.

En 1927, Brown & Bigelow fundó una filial dedicada a la producción de naipes, inicialmente para distribuir la marca Hoyle en el mercado minorista. Esta iniciativa amplió la cartera de la compañía más allá de calendarios y materiales publicitarios impresos, incorporando productos de juego orientados al consumidor, aprovechando su experiencia en litografía para la impresión de naipes. A finales de la década de 1920, se habían consolidado como un importante fabricante estadounidense de naipes, manteniendo la producción durante la década de 1980 con sellos como Remembrance, Kent, Trump, Nu Vue y Treasure.

Las líneas de naipes de la firma priorizaban la personalización para uso promocional, incluyendo barajas publicitarias diseñadas para clientes corporativos y variantes novedosas como las Honeywell Binary Cards, lanzadas alrededor de 1968, que incorporaban diseños temáticos para regalos de marca. Estos productos solían incluir logotipos impresos o ilustraciones específicas para cada cliente, en consonancia con la competencia principal de Brown & Bigelow: la publicidad personalizada. La producción abarcó tamaños estándar de póker y bridge, con innovaciones en acabados como Redi-Slip para un manejo más suave, y se extendió a colaboraciones como la impresión de barajas para entidades como Stancraft Products y Creative Playing Card Co.

Tras el fallecimiento del cofundador Herbert H. Bigelow en 1933, Charles A. Ward asumió la presidencia de Brown & Bigelow, guiando a la empresa durante la Gran Depresión y un período de crecimiento sustancial. Ward, quien se había incorporado a la firma en 1925 tras cumplir una condena por contrabando, ascendió rápidamente gracias a su perspicacia comercial e implementó estrategias que ampliaron la capacidad de producción en St. Paul, Minnesota. A finales de la década de 1930, la empresa se había consolidado como líder en el sector de las especialidades publicitarias, en particular gracias a sus calendarios litográficos de alta calidad con ilustraciones de destacados ilustradores.

Charles Allen Ward

Paralelamente a las cartas de juego, Brown & Bigelow se diversificó a mediados del siglo XX en el sector de las novedades y los regalos impresos, fabricando artículos como bolígrafos de marca, accesorios y artículos promocionales que los clientes podían personalizar con publicidad. Este segmento se basó en su tradición publicitaria, produciendo productos con nombre comercial para su reventa o distribución como incentivos para los clientes, a diferencia de los medios impresos masivos. Para la década de 1950, estas novedades complementaron las cartas de juego en los catálogos, lo que permitió un mayor alcance del mercado mediante la diversificación de las fuentes de ingresos en un contexto de creciente preferencia por los recuerdos promocionales tangibles.

Durante las décadas de 1940 y 1950, Brown & Bigelow alcanzó su máximo nivel de producción, convirtiéndose en el mayor productor mundial de calendarios y materiales promocionales. Los calendarios presentaban ilustraciones litografiadas de alta calidad de artistas de renombre como Norman Rockwell y Rolf Armstrong, que se distribuyeron ampliamente para promocionar los negocios de sus clientes. Estos productos alcanzaron una escala masiva, con ventas anuales que alcanzaron los 30 millones de dólares en 1946, gracias a la demanda de la posguerra. Los calendarios estilo pin-up, incluyendo los que representaban a Marilyn Monroe, vendieron millones de ejemplares durante una década, lo que subraya su impacto cultural y comercial. Las innovaciones en la producción, como la instalación de la prensa Talio-Crome en 1955, con un coste de un millón de dólares, permitieron una reproducción del color superior y una mayor eficiencia en la impresión de calendarios de pared multipanel. Durante la Segunda Guerra Mundial, Brown & Bigelow contribuyó con materiales impresos para los anuncios del Departamento de Guerra, adaptando sus capacidades a las necesidades nacionales. 

Pintura realizada por Gil Elvgren

Además de los calendarios, los materiales impresos incluían letreros publicitarios litografiados, papel secante y artículos novedosos diseñados para uso promocional. De 1944 a 1949, la empresa produjo litografías junto con calendarios, aprovechando técnicas de impresión avanzadas para obtener resultados duraderos y visualmente atractivos. Estos artículos, a menudo personalizados con la marca del cliente, constituyeron la columna vertebral de las primeras especialidades publicitarias, siendo los calendarios el principal vehículo para la integración artística y funcional.

Para la década de 1950, Brown & Bigelow empleaba a miles de personas en sus instalaciones, lo que resaltó su impacto económico en St. Paul y su papel como pionera en la impresión promocional personalizada, que priorizaba la calidad artística y la durabilidad. El mandato de Ward hasta su fallecimiento en 1959 marcó el apogeo de esta era, con la firma ejemplificando la integración de las bellas artes en la publicidad para el mercado de masas.

Papel secante

En 1960, Brown & Bigelow se fusionó con Standard Packaging Corporation, lo que integró las operaciones de calendarios y especialidades publicitarias de la compañía en una entidad más grande dedicada al embalaje y productos de consumo. Los términos de la fusión, aprobados tras las negociaciones, proporcionaron a los accionistas de Brown & Bigelow acciones de Standard Packaging valoradas en aproximadamente 20 dólares por acción, lo que refleja la sólida posición de la compañía en el sector de la impresión promocional en medio de la consolidación industrial de la posguerra. Esta reestructuración transformó a Brown & Bigelow de operaciones independientes a una estructura subsidiaria, lo que permitió ampliar la distribución de sus divisiones de naipes y materiales impresos, a la vez que aprovechaba la mayor capacidad de fabricación de Standard Packaging.

Portafichas de póker (circa años 70) fabricado por Stancraft Products

En 1970, Standard Packaging Corporation, incluida su filial Brown & Bigelow, fue adquirida por Saxon Industries, un conglomerado neoyorquino centrado en la fabricación diversificada. La adquisición, parte de la agresiva estrategia de expansión de Saxon a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970, posicionó a Brown & Bigelow dentro de una cartera que incluía textiles, metales y bienes de consumo, sometiéndola a una gestión de tipo conglomerado que priorizaba la eficiencia de costes y los subsidios cruzados. Bajo la propiedad de Saxon, Brown & Bigelow continuó produciendo calendarios, naipes bajo marcas como Hoyle y Stancraft, y artículos promocionales, aunque la autonomía operativa disminuyó a medida que la supervisión del conglomerado priorizaba las métricas financieras a corto plazo sobre las tradiciones de impresión especializada.

En 1979, Brown & Bigelow, bajo el nombre de Saxon Industries, adquirió Shedd-Brown Manufacturing Company, que abarcaba TDC Inc., fabricante de naipes y productos relacionados con líneas de negocio superpuestas en barajas premium y artículos novedosos. Esta compra consolidó el dominio de Brown & Bigelow en el mercado estadounidense de naipes a finales de la década de 1970, integrando las instalaciones y el inventario de TDC para consolidar la producción y reducir la fragmentación competitiva en una industria en desarrollo. La adquisición se alineó con las directrices del conglomerado para la integración vertical, lo que mejoró las economías de escala en la impresión y la distribución, aunque se produjo en un contexto de presiones económicas más amplias, como la inflación y la demanda cambiante de productos promocionales analógicos. Estos acontecimientos ejemplificaron la tendencia corporativa de la época hacia las fusiones para ampliar la escala, pero también expusieron a Brown & Bigelow a la volatilidad de las estrategias de la empresa matriz, ya que los problemas financieros posteriores de Saxon presagiaron futuras transiciones más allá de la década de 1980.

A finales del siglo XX y principios del XXI, la empresa se adaptó a las demandas del marketing digital desarrollando tiendas online, servicios de montaje de kits y programas de distribución de artículos promocionales de marca, incluyendo dispositivos tecnológicos, artículos de viaje, artículos de oficina y prendas como camisetas y tazas personalizadas. Esta evolución posicionó a Brown & Bigelow como distribuidor nacional con 18 oficinas de servicio completo y alianzas con más de 250 representantes de ventas, priorizando las relaciones con los proveedores para crear piezas promocionales de alta calidad y fáciles de conservar que fomenten la fidelidad a la marca y la motivación de venta. Hoy en día, la empresa recurre a miles de proveedores para ofrecer programas a medida, lo que refleja un cambio estratégico desde la impresión analógica hacia soluciones promocionales integradas basadas en el comercio electrónico en un contexto de crecimiento del sector del marketing experiencial.

martes, 21 de enero de 2025

EARL MORAN


Earl Steffa Moran nació en diciembre de 1893 en Belle Plaine, Iowa, Estados Unidos. John Stich, un artista alemán de avanzada edad, quien fuera también profesor del gran ilustrador W. H. D. Koerner, proporcionó las primeras clases de arte a Moran. 


Como muchos de sus contemporáneos, Moran estudió en el Instituto de Arte de Chicago, al mismo tiempo que trabajaba para una gran casa de grabados que se especializaba en ilustraciones de moda masculina. 

Moran estudió en Chicago durante dos años antes de mudarse a Manhattan, donde se inscribió en la Art Students League. Ahí aprendió de los muralistas Vincent Drumond, Robert Henri, Thomas Fogarty (maestro de Norman Rockwell) y el legendario anatomista George Bridgman. 


Tras regresar a Chicago en 1931 y abrir un pequeño estudio donde se especializó en fotografía e ilustración, envió algunas pinturas de chicas en bikini a dos compañías de calendarios. Su carrera se comenzó oficialmente cuando firmó un contrato exclusivo con Brown & Bigelow en 1932 y produjo su primer, y quizás el más conocido, pin-up para la compañía: "Golden Hours" en 1933. Este pin-up resultó tan popular que se utilizó para promocionar una variedad de productos, incluida una enorme caja de bombones de 5 libras. 

Golden Hours

Para 1937, sus pin-ups habían vendido millones de calendarios para la empresa. En 1940, Life publicó un artículo intitulado "Speaking of Pictures" que se centraba principalmente en el trabajo de Moran. Este hecho lo convirtió en una celebridad nacional. 


En 1941, Moran ayudó al editor de la revista, Robert Harrison, a lanzar una nueva revista masculina llamada Beauty Parade y, más tarde, colaboró con pin-ups para otras revistas de Harrison, como Flirt, Wink y Giggles.


Los primeros años cuarenta también fueron una época de algunas dificultades para Moran, tras su amargo divorcio de su esposa, Mura. Una vez resuelto el divorcio, se mudó a Hollywood en 1946 y comenzó a pintar estrellas de cine junto con su trabajo de calendario para Brown y Bigelow.

Earl Moran y Norma Jeane Dougherty alias Marilyn Monroe

Para ese entonces ya había pintado a muchas estrellas de cine, incluida Betty Grable, para carteles publicitarios. Poco después de su llegada, entrevistó a una joven de 19 años llamada Norma Jeane Dougherty, más tarde conocida como Marilyn Monroe, que quería posar para él. 


La joven Marilyn posó para Moran en varias etapas de desnudez. Las interpretaciones de Marilyn de Moran no solo aparecieron en las tapas de los calendarios, sino también en otros artículos como papel secante publicitario, cubiertas de cajas de cerillas y cuadernos.


La serie de tres pinturas de Moran titulada Maid in Baltimore ha alcanzado los precios más altos en la actualidad y, en general, las pinturas de Marilyn realizadas por Moran durante este periodo es lo de lo más cotizado que hay en el mercado: Una pieza de arte al pastel retratando a Marilyn Monroe realizada por Moran se vendió por $ 83,650 en Heritage Auctions en febrero de 2011. 


La dupla Moran-Monroe duró cuatro años. Los dos se hicieron amigos. Ella siempre le atribuyó el mérito de hacer que sus piernas se vieran mejor de lo que eran, ya que sentía que eran demasiado delgadas.


Moran vivió en el Valle de San Fernando desde 1951 hasta 1955, organizando grandes fiestas, dirigiendo y protagonizando cortometrajes de televisión, pintando retratos de las Vanities Girls de Earl Carroll y manteniendo su posición como estrella del mundo del pin-up.


Aunque Earl Moran utilizó una variedad de medios, por ejemplo, óleo sobre lienzo en los años 40 y óleo sobre tabla de lienzo en los años 50, trabajó más comúnmente con pasteles. Su trabajo a menudo se puede reconocer por su intenso uso de luz y sombra. Earl Moran continuó pintando para Brown y Bigelow hasta finales de los años cincuenta antes de decidir retirarse para pintar temas de bellas artes siendo el desnudo su favorito (of course).

Tarjetas de mutoscopio realizadas por Earl Moran

Firmó con Aaron Brothers Galleries y continuó pintando para coleccionistas hasta 1982, cuando perdió la vista. Moran murió en Santa Mónica, California , el 17 de enero de 1984 a los noventa años de edad.



sábado, 26 de octubre de 2024

EL LEGADO PEABODY



Este relato se publicó por primera vez en el libro "The Survivor and Others" en 1957. En sí, el autor es August Derleth pero, según el propio Derleth, se consideran como "colaboraciones póstumas" de Lovecraft. 

EL LEGADO PEABODY
(The Peabody Heritage)

H.P. Lovecraft y August Derleth

1

No conocí a mi bisabuelo, Asaph Peabody, a pesar que tenía ya cinco años cuando él murió en su vieja y vasta propiedad al noroeste de Wilbraham, Massachusetts. Recuerdo vagamente que en mi niñez estuve allí, en la época en que el viejo estaba enfermo; mi padre y mi madre subieron a su habitación, pero yo me quedé abajo, con la niñera, y nunca le vi. Decían que era rico, pero las riquezas con el tiempo pasan, puesto que incluso la piedra es mortal, y ciertamente no es de esperar que el simple dinero soporte los estragos de los impuestos que, cada vez mayores, menguan un poco las fortunas con cada muerte.

Y hubo muchas muertes en nuestra familia, después de la de mi bisabuelo en 1907. Dos de mis tíos murieron: a uno lo mataron en el Frente Oeste, el otro se hundió con el Lusitania. Como un tercero había muerto antes que ellos, y ninguno de los tres se había casado, la propiedad recayó a la muerte de mi abuelo en 1919. Mi padre no era un hombre del campo, aunque casi todos sus antepasados lo fueron. No le atraía la vida rústica, y no hizo ningún esfuerzo por interesarse en la propiedad que había heredado, aparte de usar el dinero de mi bisabuelo en algunas Inversiones en Boston y en Nueva York. Mi madre tampoco sentía la menor atracción por la zona rural de Massachusetts. De todos modos, ninguno de los dos consentía que se pusiese en venta. Sólo en una ocasión, al volver de la Universidad, oí proponerlo a mi madre, y mi padre cambió de tema; recuerdo su repentina frialdad -no se me ocurre palabra más exacta para describir su reacción- y su extraña referencia al “Legado Peabody”, y sus cuidadosamente medidas palabras:

-Mi abuelo predijo que alguien de su misma sangre recobraría el Legado.

Mi madre preguntó desdeñosamente:

-¿Qué legado? ¿No lo gastó casi todo tu padre?

A lo que mi padre no dio respuesta alguna, quedando la cosa en que existían buenas razones por las que la propiedad no podía venderse, como si alguna ley lo prohibiese. Aun así, nunca iba por la Propiedad; los impuestos estaban pagados regularmente por un tal Alan Hopkins, abogado de Wilbraham, que además enviaba informes periódicos a mis padres. Pero ellos los ignoraban y rechazaban cualquier sugerencia respecto a “mantener en buen estado” la propiedad sosteniendo que eso sería “tirar dinero bueno”.

La propiedad estaba abandonada; y así continuó. El abogado había intentado alquilarla en alguna que otra ocasión, pero ni siquiera un florecimiento temporal de Wilbraham trajo inquilinos estables, y la propiedad de los Peabody quedó a merced de las inclemencias del tiempo y del paso de los años. Se hallaba, por lo tanto, en un triste estado cuando la heredé yo a la muerte de mis padres en accidente de automóvil, en el otoño de 1929. Con la llegada de la Gran Depresión se produjo una sensible pérdida de valor de las propiedades. Decidí, pues, vender mi casa de Boston y acondicionar la de Wilbraham para vivir en ella. No necesitaba más, pues mis padres a su muerte me habían dejado lo suficiente para abandonar mi carrera de abogado, que siempre me exigió más meticulosidad y atención de las que yo estaba dispuesto a dar. Pero ese plan no podía llevarse a cabo hasta que una parte por lo menos de la vieja casa estuviese arreglada para poder ser habitada de nuevo. La vivienda en sí era el producto de muchas generaciones. Había sido construida en 1787. Era una casa colonial, de severas fachadas, con una segunda planta sin acabar, y cuatro impresionantes columnas en la entrada. Con el tiempo, ésta se convirtió en la parte central de la casa, el corazón, como si dijéramos las generaciones alteraron su aspecto y añadieron varias cosas: primero una escalera y un segundo piso; luego varias alas, de modo que en el momento en que decidí trasladarme allí era una enmarañada estructura, que ocupaba cerca de un acre, sin incluir jardines y terrenos tan irregulares como la estructura de la casa.

Las severas líneas coloniales se habían amortiguado por obra y gracia del tiempo y de los posteriores constructores poco respetuosos. La arquitectura había dejado de ser algo puro, y en ella se combinaba un tejado a la holandesa con otros de estilos diferentes, ventanas pequeñas con otras grandes, cornisas de elaboradas figuras con otras sin esculpir. En conjunto, la impresión que daba la casa no era del todo desagradable, pero a cualquiera con cierta sensibilidad arquitectónica le parecería un lamentable conglomerado de estilos y ornamentaciones. Esa impresión se veía suavizada por los inmensos olmos y robles que rodeaban la casa por todas partes, excepto por el jardín, ocupado por las rosas, abandonadas a su propia suerte desde tanto hacia tanto, y los abedules y álamos que crecían entre ellas. El efecto que producía la casa era, aparte del descuido y de los diversos estilos, de una desteñida magnificencia, e incluso sus paredes despintadas armonizaban con los grandes árboles que la rodeaban.

La casa tenía nada menos que veintisiete habitaciones. De estas, seleccioné tres en la zona sureste, para ser reconstruidas, y durante todo el otoño y parte del invierno iba desde Boston para observar cómo progresaba la reconstrucción. La vieja madera, al ser limpiada y encerada, recobró su bello color. La instalación de la electricidad acabó con la triste oscuridad de la casa. Sólo el retraso en la instalación de agua corriente impidió que me trasladase a vivir allí antes del final de ese invierno. El 24 de febrero pude instalarme definitivamente en la ancestral residencia de los Peabody. Durante un mes estuve ocupado con los proyectos de obras para el resto de la casa, y aunque en principio había pensado derribar algunas de las partes añadidas en otras épocas y dejar simplemente la estructura inicial, pronto abandoné esta idea y decidí dejar la casa tal como estaba. Era evidente que en ella había un cierto encanto, debido indudablemente a la marca dejada por las generaciones que la habitaron, y al paso de los acontecimientos que allí transcurrieron.

La casa me atraía cada vez más, y lo que en principio fue un traslado temporal, pronto se convirtió en el deseo de establecerme allí para el resto de mi vida. Pero ese ideal creció en proporciones tales que trajo consigo una desviación, alteró mis propósitos, y me llevó hacia un rumbo que nunca hubiese deseado tomar. Esta decisión fue la de trasladar los restos de mis padres, enterrados en Boston, al panteón familiar que se hallaba en una colina al alcance de la vista desde la casa, pero algo alejada del camino que limitaba la propiedad. Esto era sólo el principio, pues tenía la intención de traer los huesos de mi tío que reposaban en algún lugar de Francia, y así reunir a cuantos pudiese de la familia en el ancestral terreno cercano a Wilbraham.

Era una de esas cosas que se le ocurren a un solterón, que a la vez un Misántropo en eso me había convertido en el corto espacio de un mes, rodeado de planos de arquitectos y de la tradición de la vieja casa, que estaba a punto de comenzar a una nueva vida, en una era muy distinta de la de sus sencillos comienzos. Con el propósito de cumplir este plan me dirigí un día al panteón familiar, con las llaves que me había dado el abogado de la casa. Ninguna de las partes del panteón era muy visible si se exceptuaba la gran puerta, porque había sido excavado en una colina y se hallaba casi rodeado y cubierto de árboles que habían crecido sin que nadie los hubiera podado durante mucho tiempo.

La puerta, al igual que el panteón, habían sido construidos para que durasen siglos; eran casi tan viejos como la casa, y durante muchas generaciones todos los miembros de la familia Peabody, desde el viejo Jedediah, el primero en ocupar la casa, y a partir de el todos los demás, habían sido enterrados allí. La puerta ofreció cierta resistencia, ya que no se había abierto en años, pero al final cedió ante mis esfuerzos y el panteón se abrió ante mí. Los 37 muertos de la familia vacían allí. Algunos de ellos -los primeros Peabody- se encontraban en nichos, pero ya tan sólo quedaban los restos de los ataúdes. En el de Jedediah no quedaba siquiera polvo para atestiguar que ataúd y cuerpo reposaron allí una vez: estaba completamente vacío. Todos los ataúdes se hallaban en orden, excepto el que contenía el cuerpo de mi bisabuelo Asaph Peabody; este parecía estar curiosamente alterado: sobresalía de la línea con respecto a los otros más recientes de mi abuelo y de mi tío -que no yacían en un nicho propio, sino en un saliente de la pared en que estaban los nichos. Además, parecía que alguien había intentado levantar la tapa: una de las bisagras estaba rota y la otra suelta.

Intenté enderezar el ataúd de mi bisabuelo de modo instintivo, pero al hacerlo la tapa se aflojó más aun y se movió ligeramente: eso me permitió entrever todo lo que quedaba de Asaph Peabody. Pude observar que, por algún tremendo error, había sido enterrado boca abajo. No quería pensar, aun después de pasado tanto tiempo, después de su muerte, que el viejo hubiese sido enterrado en un estado cataléptico y hubiese sufrido una angustiosa muerte en ese estrecho espacio en el que era imposible respirar. No quedaban más que huesos, huesos y restos de su vestimenta. De todos modos, me sentí en la obligación de alterar lo que se debía a error o accidente. Quité la tapa del ataúd y, con respeto, di la vuelta a los huesos y cráneo, con objeto de que el esqueleto de mi bisabuelo estuviese en la posición correcta. Este hecho, que hubiese parecido horripilante bajo otras circunstancias, resultaba en ese momento algo natural; con el panteón iluminado por la luz del sol, las sombras de los árboles jugueteaban en el suelo a través de la puerta abierta, y no se sentía uno en un lugar desagradable. Pero había venido con la intención de asegurarme de que había sitio en el panteón, y me congratule que así fuese: había suficiente para mis padres, para mi tío -si podían encontrarse sus restos en Francia-, y finalmente para mí mismo.

Me preparé por lo tanto para llevar a cabo mis planes. Deje el panteón tras cerrar la puerta, y regresé a la casa pensando en la forma y los medios para trasladar los restos de mi tío a su país de origen. Sin perder más tiempo, escribí a las autoridades de Boston para solicitar de ellas el permiso de desenterrar a mis padres para trasladar sus restos al panteón familiar.

2

La singular cadena de acontecimientos que parecía centrarse alrededor de la vieja casa de los Peabody empezó, creo recordar, a partir de aquella misma noche. Es cierto que ya había recibido una extraña advertencia de que algo podría ocurrir en la ruinosa casa. El viejo Hopkins, al entregarme las llaves, había insistido para que dijese si en realidad estaba seguro de dar este paso, mientras recalcaba que la casa era “un lugar solitario”, que los vecinos “no miran con buenos ojos a los Peabody”, y que siempre hubo “ciertas dificultades para retener allí” a los inquilinos”. Era uno de esos lugares a los que, dijo con cierto recelo, “nadie va de picnic. ¡Nunca encontrara platos o servilletas de papel allí!” pero todo esto no eran sino que un montón de ambigüedades que el anciano no concretaba. Era evidente que había otros hechos, más reales, como la envidia de los vecinos hacia una propiedad de grandes dimensiones que, en otras manos, podría ser buena tierra de labranza. Mi propiedad abarcaba cerca de 40 acres, casi todo bosques y una tierra de campos, atravesada por cercas, entre las cuales crecían hierbas y arbustos que servían de refugio a los pájaros. Habladurías de viejo, pensé, solidarizado con los agricultores vecinos, típicos norteños fornidos, que en nada se diferenciaban de los Peabody, excepto en que habían trabajado la tierra más arduamente y quizás durante más tiempo.

Pero aquella noche en que el viento de marzo silbaba entre los árboles, me obsesionó la idea que no estaba solo en la casa. Hubo un sonido no precisamente de pasos, pero sí de algún movimiento en algún lugar del piso de arriba, un movimiento difícil de describir, de alguien que se movía hacia delante, y hacia atrás, hacia adelante, y hacia atrás, en un estrecho espacio. Recuerdo que subí, y penetré en el oscuro recoveco al que llevaba a la escalera y estuve atento a la oscuridad de arriba; el sonido parecía deslizarse por las escaleras. Algunas veces era un sonido definido, otras era el simple rumor; estuve allí escuchando, escuchando, tratando de identificar su procedencia, tratando de buscar alguna explicación racional, puesto que no lo había oído antes, y llegué a la conclusión que la rama de algún árbol debía de rozar en la ventana, hacia delante y hacia atrás. Convencido de ello, regresé a mi habitación y no me preocupé más. No es que hubiese cesado el ruido, pero yo le había encontrado una explicación razonable.

Menos razonable resultaron mis sueños de esa noche. No suelo soñar, pero esa noche fui literalmente asaltado por los más grotescos fantasmas oníricos. Impotente, me hallaba a merced de todo tipo de distorsiones en el tiempo y en el espacio, ilusiones sensoriales, junto a horripilantes visiones de una sombra que llevaba un sombrero negro y se acompañaba de una oscura criatura. Esto lo vi como a través de un cristal, pero envuelto en oscuridad. En realidad, no fue un sueño propiamente dicho, sino fragmentos de sueños de los que ninguno tenía principio ni fin, pero que me atraían a un extraño mundo desconocido para mí, como de otra dimensión que no había apreciado antes en la realidad fuera de los sueños.

Pero sobreviví a esa noche intranquila, si bien algo cansado. Al día siguiente supe de un hecho interesante que me explicó el arquitecto que vino a discutir mis planos para la renovación de la casa. Era un hombre joven no dado a extrañas creencias acerca de viejas casas, cosas frecuente en zonas rurales y aisladas. Al ver que la casa nadie se imaginaría que hay en ella una habitación secreta…, bueno, escondida, ¿no es cierto? -dijo, mientras me mostraba los planos extendidos.

-¿Y la hay? -le pregunté.

-Una especia de catacumba -dijo- para esconder a los esclavos fugitivos.

-Nunca le he visto.

-Ni yo. Pero mire aquí…

En los planos que había logrado trazar a partir de los cimientos y habitaciones tal como las conocíamos, me señaló un espacio ocupado en la pared norte del piso de arriba, la parte más vieja de la casa. Ninguna catacumba, ciertamente: no había habido ningún papista entre los Peabody. Sin embargo, quizá hubo esclavos fugitivos. Pero de haber sido así, ¿Cómo explicar la construcción de semejante sitio cuando aún no existía un número apreciable de esclavos de los que escaparon a Canadá? No, tampoco podría ser eso.

-¿Cree que puede dar con el agujero? -pregunté.

-Tiene que estar ahí.

Y allí estaba. Astutamente escondido, aunque podía haber sido descubierto de haberse fijado alguien que faltaba una ventana en la habitación de la fachada norte del dormitorio. La puerta del escondrijo estaba oculta entre los dibujos de la madera labrada que cubría la pared y que era de cedro rojo; de no saber que había allí una habitación, difícilmente habríamos dado con la puerta. No tenía picaporte y se abría por simple presión en uno de los dibujos de la madera. Lo descubrió el arquitecto: a mí nunca se me habían dado bien estas cosas. De todas formas, entraba más en el campo de un arquitecto que en el mío y tan sólo me entretuve un momento estudiando el mecanismo de la puerta antes de entrar en la habitación. Era un espacio pequeño. Pero no lo suficientemente pequeño como para poder ser el nicho de una catacumba; un hombre podía Caminar por él unos diez pies en una sola dirección; La inclinación del techo impedía hacerlo en cualquier otra.

Es decir: se podía ir a lo largo de la pared, pero en la dirección a la pared no. Y lo más importante era que la habitación tenía todo el aspecto de haber sido ocupada en el pasado: estaba intacta, con los libros y papeles, y unas sillas colocadas en torno a un pequeño escritorio arrimado contra una de las paredes. La habitación tenía un aspecto singular. Aunque de pequeñas dimensiones, sus ángulos parecían ser oblicuos, como si el constructor se hubiera propuesto confundir al dueño. Además, había extraños dibujos en el suelo, algunos de ellos incluso tallados en el entarimado de una forma grotescamente salvaje: eran círculos de trazo burdo y en cuyos bordes interior y exterior aparecían temas extrañamente desagradables. Me repelía igualmente el escritorio, que era negro y no marrón, y parecía chamuscado; uno aseguraría que había sido utilizado para algo más que como un simple escritorio. Sobre él, sin embargo, había un montón de libros, o de algo que a primera vista parecían ser libros muy antiguos, encuadernados con algún tipo de piel, así como un manuscrito, igualmente encuadernado.

No me dio tiempo a examinar todos los detalles. El arquitecto, que estaba conmigo, ya había visto cuánto deseaba. Confirmadas sus sospechas que existía la habitación, expresó su deseo de marcharse.

-Podemos eliminarla y abrir una ventana -y añadió-: Por supuesto no querrá conservarla.

-No lo sé -le contesté-. No estoy seguro. Depende de su antigüedad.

Si la habitación era tan antigua como yo pensaba, me resistiría a destruirla. No quería perder la oportunidad de rebuscar en ella, de examinar aquellos viejos libros. Además, no habría prisa, no era precisa una decisión inmediata; el arquitecto tenía bastante faena en el resto de la casa como para que nos dedicáramos a pensar más en la habitación secreta. Y ahí quedó la cosa. Tenía intención de volver a la habitación al día siguiente, pero algunos sucesos imprevistos me lo impidieron. En primer lugar, pasé otra noche agitada, víctima de sueños de naturaleza inquietante, a los que no encontraba explicación, pues nunca me han martirizado los sueños excepto cuando son consecuencias de una enfermedad. Los sueños versaban, por alguna razón, acerca de mis antepasados. Frecuentemente se me aparecía un viejo con barba y sombrero negro de extraño diseño, cuya cara, que no me resultaba en sueños, era en realidad la de mi bisabuelo Asaph, según pude comprobar a la mañana siguiente con un retrato suyo delante.

Este antepasado se me aparecía avanzando de forma extraordinaria por el aire, como si estuviese volando. Atravesaba paredes y su silueta revoloteaba entre las copas de los árboles. Y dondequiera que iba le acompañaba un enorme gato negro que poseía la misma capacidad de sustraerse a las leyes físicas. Mis sueños no guardaban relación unos con otros, ni siquiera formaban una unidad por separado; había una mezcla de secuencias en las que aparecía mi bisabuelo, su gato, su casa y su propiedad, formando parte de un relato que no tenía sentado. Estaban estrechamente relacionados con los de la noche anterior, y revestidos de esa misma sensación extradimensional de las primeras conmociones nocturnas. Únicamente diferían en que eran más claros. Me sentía muy molesto con estos sueños, que no me permitieron ni un minuto de sosiego durante la noche.

A la mañana siguiente no me encontraba de humor para recibir del arquitecto la noticia que se retrasaría un tanto la reanudación del trabajo en la casa. No parecía muy dispuesto a darme explicaciones, pero le presioné para que lo hiciese, y finalmente admitió que los trabajadores que había contratado le habían notificado esa misma mañana que no deseaban seguir en ese- “trabajo”. Pero aun así me aseguró que si yo tenía un poco de paciencia no habría dificultad para contratar en Boston mano de obra barata entre los polacos o Italianos. No había alternativa. Pero en el fondo no estaba tan molesto como aparentaba. Empezaba a dudar acerca de la conveniencia de hacer esas reformas en la casa. Después de todo bastaba con reforzar una parte de la vieja casa, sin alteraciones. En gran parte, el encanto de la vieja casa residía precisamente en su antigüedad; le dije, por tanto, que se tomase el tiempo que fuese, y me marché a hacer algunas compras que tenía pendientes desde que llegué a Wilbraham.

Nada más aparecer por Wilbraham me di cuenta que la gente me recibía con actitud hostil. En ocasiones, o bien no se habían fijado en mí, pues muchos de ellos no me conocerían, o bien, los que me conocían, me habían saludado sin más. Pero esa mañana encontré en todos una actitud común: ninguno quería hablar conmigo, o ser visto conversando conmigo. Incluso los comerciantes se mostraron excesivamente fríos, casi desagradables, dándome a entender claramente que preferían que se fuese a comprar a otra parte. Posiblemente reaccionaban así al haberse enterado que planeaba renovar la casa Peabody, y se oponían a ello porque la renovación contribuía a destruir su encanto, o porque alargaba la vida de una propiedad que los agricultores hubiesen preferido ver convertida en tierras de cultivo, una vez desaparecidos la casa y los bosques que la rodeaban. Aquellos pensamientos, sin embargo, pronto cedieron el paso a la indignación. No era un paria y no deseaba ser tratado como tal. Cuando me tocó ir a la oficina de Ahab Hopkins me desahogué con él, pero con una verbosidad desacostumbrada en mí, y a pesar de darme cuenta que le estaba inquietando.-bien, señor Peabody- dijo, tratando de calmarme. Yo no lo tomaría tan en serio. Después de todo, esta gente ha sufrido un fuerte shock y están de mal humor, llenos de recelo. Además, son profundamente supersticiosos. Soy viejo, y nunca los he conocido de otra forma. La gravedad de su extraña mirada, que me estremeció.

-Señor Peabody: Dos millas más arriba de la carretera de su casa hay una familia llamada Taylor. Conozco bien a George. Tienen 10 hijos. O mejor dicho,”tenían”. Ayer por la noche, el penúltimo, un niño de unos dos años, desapareció de su habitación sin dejar rastro.

-Lo siento, pero ¿Qué tiene que ver eso conmigo?

-Nada, por supuesto, señor Peabody. Pero usted es un extraño aquí, y bueno…, lo sabría tarde o temprano, el nombre de Peabody no es bien acogido. En realidad, para mucha gente de la comunidad es un nombre odioso.

No podía ocultar mi estupor.

-Pero ¿Por qué?

-Porque mucha gente cree en todo tipo de rumores y habladurías, por ridículas que parezcan- contestó Hopkins-.Tiene edad suficiente para saber que es así, aunque no esté familiarizado con las costumbres del campo, señor Peabody. Circulaban todo tipo de historias extrañas acerca de su bisabuelo cuando yo era pequeño, y dado que mientras habitó en la casa hubo varias espantosas desapariciones de niños, de los que nunca se encontró rastro, posiblemente existía un tendencia natural a relacionar estos dos hechos: un nuevo Peabody en la casa y un suceso que recuerda otros relacionados con el Peabody que vivió allí.

-¡Pero eso es monstruoso!- grité.

-Sin duda- afirmó Hopkins con amabilidad casi perversa-, pero es así. Además, estamos en abril. De aquí a la noche del Walpurgis falta menos de un mes.

Sospecho que mi cara estaba tan inexpresiva que le desconcertó.

-Oh, vamos, señor Peabody -dijo Hopkins con falsa jovialidad-, imagine que estaba al corriente que todos consideraban a su bisabuelo un brujo.

Me marché de allí muy confundido. A pesar del asombro y de la rabia, a pesar de mi irritación por el modo en que la gente me había demostrado su desprecio y su miedo, me molestaba aún más la inquietante sospecha que había cierta lógica entre los acontecimientos de la noche anterior y los de aquel día. Había soñado con mi bisabuelo en términos muy extraños, y ahora oía hablar de él en términos mucho más expresivos. No disimulé mi descortesía con aquellos que, a mi paso, se volvían a mirarme. Me metí en el coche y me fui rumbo a casa. Allí se puso de nuevo a prueba mi paciencia. Clavado en la puerta principal, un aviso cruel, un trozo de papel en el que algún vecino grosero y mal intencionado había escrito a lápiz: ”Lárgate, si no… ”

3

Posiblemente a causa de los lamentables sucesos, las pesadillas me molestaron aquella noche más que en las precedentes. Excepto en un detalle: había más continuidad en las escenas que transcurrían mientras yo dormía profundamente. Era también mi bisabuelo, Asaph Peabody, el que aparecía en mis sueños, pero su aspecto era ahora tan siniestro que resultaba amenazador. Su gato se movía a su lado con el pelo del cuello erizado, las puntiagudas orejas tiesas y la cola levantada: una monstruosa criatura, que se deslizaba o volaba detrás de él. Llevaba algo, algo blanco o del color de la piel, pero mi lóbrego y oscuro sueño no me permitió ver que era, atravesó bosques, cruzo campos, pasó entre árboles; viajaba por estrechos pasadizos, y una de las veces estoy seguro que se hallaba en un panteón o en una tumba. Pude reconocer también algunas partes de la casa. Pero no estaba solo en los sueños: le acompañaba un siempre, en el fondo, un difuminado pero monstruoso hombre negro, no un negro, sino un hombre de negrura tal que era literalmente mas oscuro que la noche, pero con llameantes ojos, como si fueran de fuego. Había toda una serie de criaturas alrededor del viejo hombre: murciélagos, ratas, horrendos y pequeños seres medio humanos, medio ratas. Además, tuve algunas alucinaciones al mismo tiempo, ya que de vez en cuando, entre imágenes, me parecía oír un llanto ahogado, como si un niño estuviese sufriendo y, al mismo tiempo, una horrenda carcajada, y una voz que entonaba: “Asaph será otra vez. Asaph crecerá otra vez”.

Cuando finalmente desperté de esas ininterrumpidas pesadillas amanecía, y podía jurar que se mantenía en la habitación y retumbaba en mis oídos el llanto del niño, como si proviniese de las mismas paredes. No dormí más, pero me quedé tumbado en la cama, con los ojos abiertos, preguntándome que ocurriría la próxima noche, y la siguiente, y la siguiente. La llegada de los trabajadores polacos de Boston me distrajo temporalmente de los sueños. Eran hombres inexpresivos y callados. El jefe, un hombre fuerte, llamado Jon Cierciorka, trataba con displicencia y despotismo a los hombres que tenía a sus órdenes. Musculoso, de cerca de cincuenta años, conseguía que los otros tres hombres obedecieran sin dudar a su mandato, como si le temiesen. Le habían dicho al arquitecto que no podían venir hasta dentro de una semana, pero se había retrasado el otro trabajo, y aquí estaban: habían venido de Boston tras haber enviado un telegrama al arquitecto. Pero tenían en su poder los planos y sabían cuál era su tarea.

Lo primero que hicieron fue quitar el yeso de la pared norte de la habitación que estaba justamente debajo de la habitación secreta. Tenían que trabajar con cuidado, porque no podía tocarse la pared maestra que soportaba la segunda planta. El yeso, según pude observar, era de aquel antiguo que se preparaba a mano y había que quitarlo antes de poner una nueva capa; se había descolorido y cuarteado con los años, de modo que la habitación era prácticamente inhabitable. Lo mismo había que hacer con la esquina de la casa que ahora ocupaba yo, pero como había introducido allí muchos cambios, les llevaría más tiempo. Observé el trabajo de aquellos hombres durante un rato, y ya me había acostumbrado al ruido de los golpes cuando, de pronto, se pararon. Esperé un momento, y luego me dirigí al hall. Tuve el tiempo suficiente para verlos agrupados frente a la pared, persignarse supersticiosamente, apartarse un poco, y salir corriendo de la casa. Al pasar delante de mí, Cierciorka me lanzó una parrafada de horror y furia. Pocos momentos después ya no estaban en la casa, y mientras yo permanecía clavado en el suelo, pude oír que su coche se ponía en marcha y se alejaba de mi propiedad.

Sumido en confusiones, me dirigí al lugar en que habían estado trabajando. Habían picado bastante yeso; algunas de sus herramientas estaban aún esparcidas por el suelo. Habían dejado al descubierto una parte de la pared, y todo el montón de detritus que, a lo largo de los años, se habían acumulado allí. Hasta me acerqué a la pared, no pude ver lo que ellos vieron. Entonces comprendí lo que hizo salir de allí empavorecidos y lanzando imprecaciones: ¡En la base de la pared, entre amarillentos papeles que, a pesar de haber sido roídos por los ratones, conservaban aún signos cabalísticos, y entre instrumentos de muerte y destrucción cortos y afilados cuchillos cortos oxidados por lo que debió de ser sangre se veían los pequeños cráneos o huesos de por lo menos tres niños! Me quedé estupefacto. Pensaba en la estúpida superstición que había oído el día anterior de boca de Ahab Hopkins y que ahora adquiría un siniestro significado. Eso fue cuanto pensé en aquel momento. Los niños desaparecían bajo el imperio de mi bisabuelo; era sospechoso de brujería, de entregarse a ceremonias en las que el sacrificio de niños pequeños desempeñaba un papel primordial. ¡Ahora, aquí, dentro de las paredes de la casa, se encontraban los restos de unos niños, lo que apoyaba las sospechas de la gente respecto a sus actividades inicuas!

Una vez pasado el estupor inicial, pensé que debía actuar sin perdida de tiempo. Si alguien tuviese noticia de este hallazgo, mi estancia aquí estaría teñida de horrible amargura, a causa de los vecinos, temerosos de Dios. Sin dudarlo más, corrí a buscar una caja de cartón. En el muro, recogí todos los vestigios de huesos que pude encontrar, y llevé esta horrible carga al panteón familiar, donde vacié los huesos en el nicho que una vez contuvo los restos de Jedediah Peabody, convertidos en polvo por el tiempo. Afortunadamente, los pequeños cráneos se pulverizaron, y quien rebuscara allí sólo encontraría los restos de algún muerto mucho tiempo atrás. Sólo un experto sería capaz de determinar la procedencia de aquellos huesos que no habían llegado a deshacerse tanto como para eliminar toda posibilidad de identificación. Cuando los trabajadores polacos dijesen algo al arquitecto, yo lo negaría rotundamente.

Que ocurriese tal cosa era un vano temor por mi parte, pues los asustados polacos nunca dijeron al arquitecto por qué razón habían dejado su trabajo. No esperé a conocer los hechos a través del arquitecto, que ya se encargaría de buscar alguien que se ocupase de continuar el trabajo. Guiado por un instinto que ignoraba poseer, me dirigí a la habitación secreta, con una potente linterna, decidido a someterla a la más exhaustiva investigación. Casi de repente, al entrar, hice un escalofriante descubrimiento; aunque las huellas que habíamos dejado el arquitecto y yo cuando estuvimos en la habitación eran aún reconocibles, había otras, más recientes, reveladoras que alguien, o algo, había estado en esta habitación después de haber estado yo en ella. Las huellas se distinguían claramente; las de un hombre descalzo e, igualmente inconfundibles, las huellas de un gato. Pero no era esta la más terrorífica evidencia de la siniestra ocupación. Provenían del ángulo nordeste de la extraña habitación, de un punto en el que era imposible para un hombre estar de pie, y casi imposible para un gato. Pero allí estaban, y desde ese punto avanzaban en dirección al escritorio negro, donde había algo mucho peor, aunque no me percaté de ello hasta toparme con el escritorio en mi intento de seguir las huellas.

El escritorio había sido manchado un poco antes. Un pequeño charco de un líquido viscoso, como si hubiese salido de la madera; no más de tres pulgadas de diámetro, al lado de una señal en el polvo, como si un gato, o una muñeca, o un bulto hubiese yacido allí. Me quedé observando, tratando de averiguar lo que podía ser, con la luz de la linterna; alumbré el techo para ver si se colaba el agua por alguna gotera, hasta que recordé que no había llovido desde mi primera y única visita a esta habitación. Luego toqué el líquido con el dedo y acerqué éste a la luz. Su color era rojo, el color de la sangre, y simultáneamente me di cuenta, sin que nadie tuviera que decírmelo, que eso es lo que era. Cómo había llegado hasta allí prefería no pensarlo. Las más terroríficas conclusiones se agolparon en mi mente, sin lógica alguna. Me retiré del escritorio. Me entretuve sólo en coger algunos de los libros encuadernados en piel, y el manuscrito que allí había; con esto en las manos me fui hacia otros espacios donde las habitaciones no estaban construidas en ángulos extraños, que sugerían dimensiones desconocidas para la humanidad. Me fui casi con cierto sentido de culpabilidad, hacia mi habitación, apartando los Libros cuidadosamente contra mi pecho. Extrañamente, al abrir los libros tuve el presentimiento que conocía su contenido. Y no los había visto antes, ni, si mal no recuerdo, tampoco había oído títulos como: Malleus Maleficarum y el Daeinonialitas de Sinistrari.

Trataban de brujerías, con todo tipo de hechizos y leyendas, de la destrucción de brujos con el fuego y de sus medios de trasladarse de un sitio a otro:

“Entre sus principales virtualidades está la de transportarse corporalmente de un lugar a otro… engañados por las falsas apariencias y los fantasmas de los demonios, cabalgan por las noches, según ellos creen y afirman, montados sobre ciertas bestias… o, simplemente, caminan por el aire en los espacios construidos para ellos y para nadie más. El mismo Satanás engaña en sueños a la mente que tiene prisionera llevándola por el camino del mal… ellos toman el ungüento, fabricado según instrucciones del Demonio con piernas de niños, particularmente de aquellos que ellos mismos han matado, y untan con él una silla o una escoba; de este modo, inmediatamente se elevan en el aire, ya sea de día o de noche, y visibles, si lo desean, o invisibles…”

No leí más de esto y seguí con Sinistrari. Al rato mi mirada cayó sobre este inquietante pasaje:

“Promittunt diabolo statis temporibus sacrificia, et oblationes; singulis quindecim diebus, ¡ve! Singulo mense saltem, necem alicujus infantis, aut mortale veneficium, et singulis hebdomalis alia mala in damnum huinani generis, ut, grandines, tempestates, incendia, mortem animalium…”

Se exponía como los brujos deben realizar, con cierta frecuencia, el asesinato de un niño, o cualquier otro acto homicida de hechizamiento; su sola lectura me llenó de indescriptible sensación de alarma, y como consecuencia me limité a mirar por encima los otros libros que había traído: el Vitae Sophistratum de Eunapius, De natura Daemonum de Anania, Fuga Satanae de Stampa, Discours Des sorciers de Bouget, y otro volumen, sin título, de Olaus Magnus, encuadernado en una piel suave y negra que mas tarde me di cuenta que era piel humana. La simple posesión de estos libros significaba algo más que una mera curiosidad en las artes de la brujería; era una explicación tan evidente de las creencias supersticiosas relacionadas con mi bisabuelo y comentadas en Wilbraham y sus contornos, que comprendí al instante por qué habían persistido durante tanto tiempo. Pero tenía que haber algo más, porque poca gente podía conocer la existencia de estos libros. ¿Qué más? Los huesos en la pared, debajo de la habitación secreta, establecían una conexión entre la casa de los Peabody y los crímenes que habían quedado sin resolver durante tantos años. Sin embargo, nadie conocía su existencia. Tenía que haber algún hecho en la vida de mi bisabuelo que estableciese aquella relación en la mente de sus vecinos, aparte su vida recluida y su fama de mezquino, que me era conocida.

No parecía existir la clave que resolviera el rompecabezas entre aquellos objetos encontrados en la habitación secreta, pero podía quizá haber algo en La Gazette de Wilbraham, que estaba a la disposición de cualquiera en la Biblioteca Pública. Y así, media hora después me hallaba entre las montañas de periódicos de aquel centro, a la busca de ejemplares atrasados de la Gazette. Llevaba tiempo, ya que mirar todos los ejemplares publicados a lo largo de los últimos años de la vida de mi bisabuelo. No estaba seguro de hallar lo que buscaba, aunque los periódicos de aquella época estaban menos obstaculizados por restricciones legales que los de mi tiempo. Busqué durante una hora sin encontrar referencia alguna a Asaph Peabody. Me entretuve leyendo algunos relatos de acciones violentas perpetradas principalmente sobre niños pequeños de la vecindad de la casa de los Peabody. Invariablemente todos los relatos iban acompañados de editoriales en los que se hacía referencia al “animal” que se decía “Era una especie de gran criatura negra y, según se ha dicho, de diferentes tamaños, algunas veces como un gato, y otras tan grande como un león”. Sin duda esas variantes eran consecuencia de la imaginación de los testigos, principalmente niños menores de diez años, víctimas de mordiscos y zarpazos a los que habían escapado, con más fortuna que aquellos otros menores desaparecidos periódicamente, sin dejar rastro, durante el año 1905. Pero no había mención alguna de mi bisabuelo; hasta el año de su muerte.

Entonces, y sólo entonces, el editor de la Gazette imprimió lo que, seguramente, constituían las creencias comunes acerca de Asaph Peabody.

“Asaph Peabody se ha ido. Se le recordará por mucho tiempo. Hay algunos entre nosotros que le hemos atribuido poderes pertenecientes a eras pretéritas más que a nuestros tiempos.

Había un Peabody entre los condenados a la hoguera en Salem; y era de Salem de donde vino Jedediah Peabody y construyó su casa cerca de Wilbraham. Las supersticiones no pueden someterse al patrón de una lógica. Quizá sea mera coincidencia que el gato negro de Asaph Peabody haya vuelto a ver desde su muerte, del mismo modo que el siniestro rumor que circula, y según el cual los restos mortales de Peabody no han sido expuestos antes del entierro porque los tejidos de su cuerpo han sufrido una alteración o porque al amortajarlo hubo una irregularidad que ha desaconsejado dejar el ataúd abierto antes del entierro puede no ser más que una maledicencia popular. Y también son habladurías de viejas creer que un brujo debe ser enterrado boca abajo, sin ser jamás turbado, salvo para ser quemado por el fuego…”

Qué modo tan extraño y evasivo de escribir. Pero me decía mucho, desgraciadamente mucho más de lo que esperaba encontrar. Habían considerado al gato de mi bisabuelo como un familiar, pues todo brujo tiene su demonio particular, bajo cualquier forma exterior que quisiera adoptar. ¿Qué cosa más natural que confundir al gato de mi bisabuelo con su familiar, ya que lo es en mis sueños cuando aparece el viejo? Lo que más me molestaba del articulo era la referencia al entierro boca abajo. Y sabía más: que no debían haber tocado su cuerpo, y sin embargo, lo habían hecho. Y sospechaba aún más: ¡Que algo caminaba por la casa de los Peabody, en mis sueños, sobre el campo, por los aires!

4

Esa noche volví a soñar. Acompañaba a los sueños una capacidad de oír tan agudizada que parecía estar escuchando sonidos cacofónicos de otras dimensiones. De nuevo mi bisabuelo hacía de las suyas, pero esta vez, parecía que su familiar el gato, se paraba algunas veces, giraba la cabeza y me miraba con una torcida mueca en su cara maligna. Vi al viejo con sombrero negro y vestimenta negra y larga, que caminaba por los bosques y atravesaba la pared de una casa, adentrándose en una habitación oscura y con pocos muebles. Aparecía entonces ante un altar negro donde el hombre negro esperaba el sacrificio. Demasiado repelente para ser mirado, y sin embargo no tuve otro remedio que mirar, pues era tan intensa la fuerza de mis sueños que me impulsaba a enfrentarme con tan diabólicos hechos. Y le vi a el y a su gato y al hombre negro otra vez, ahora en medio de un espeso bosque, lejos de Wilbraham, junto con otras gentes, ante un gran altar al aire libre, para celebrar misa negra y orgías que venían a continuación.

Pero no era siempre así de claro: algunas veces, los sueños consistían en rápidos descensos a través de precipicios sin límite y de crepúsculos de singulares colores, y desconcertantes sonidos cacofónicos, donde la gravedad no significaba nada, precipicios ajenos a la naturaleza, de los que siempre me percataba en un plano extra-sensorial, capaz de oír y ver cosas de las que, despierto, nunca hubiese tenido conciencia. Oí los cantos extraños de la misa negra, los gritos de un niño moribundo, la discordante música de las flautas, las oraciones de homenaje invertidas, los gritos orgiásticos de los asistentes, aunque no siempre podía verlos. Y algunas veces también, aparecían en mis sueños conversaciones, fragmentos de palabras, sin sentido en sí mismas, pero que podían explicarse de manera oscura e inquietante.

-¿Debe ser elegido?

-Por Belial, por Belcebú, por Satanás…

-De la misma sangre que Jedediah, de la misma sangre que Asaph, acompañado por Balor.

-¡Traedle ante el libro!

Entonces, tuve uno de esos curiosos fragmentos de sueños en los que yo parecía tomar parte, particularmente uno en el que era llevado, alternativamente por mi bisabuelo y por el gato, hacia un libro encuadernado de negro en el que estaban escritos nombres con letras de fuego, con santo y seña en sangre, y en el que se me indicó que firmase, mientras mi bisabuelo guiaba mi mano, y el gato, a quien había oído llamar ”Balor” por Asaph Peabody, tras clavar sus pezuñas en mi muñeca para que sangrase y pudiese mojar en ella la pluma, bailaba y hacía cabriolas. Había en este sueño un aspecto que se me aparecía estrechamente unido a la realidad. El camino del bosque hasta el lugar del encuentro discurría cerca de un terreno pantanoso, y caminábamos por el barro negro, entre lodazales fétidos con un sepulcral olor a podrido: me hundí en el barro repetidas veces, mientras mi bisabuelo y el gato parecían flotar. ¡Por la mañana, cuando finalmente me desperté, después de haber dormido más de lo normal, encontré sobre mis zapatos, que dejé limpios al acostarme, una capa de barro negro que había aparecido en mis sueños!

Me levanté de la cama en cuanto los vi, y seguí las huellas marcadas en el pavimento con bastante nitidez; las seguí fuera de la habitación, escaleras arriba, y conducían a la habitación secreta del segundo piso y una vez allí, iban inexorablemente en dirección a aquel misterioso ángulo. ¡De allí habían surgido las famosas huellas que se adentraban en la habitación! No podía creerlo, pero mis ojos no me engañaban. Eso era una locura, pero no cabía negarlo, como tampoco podía negarse que existía un arañazo en mi muñeca. Salí de la habitación dando tumbos, empezando a comprender vagamente por qué mis padres habían dudado en vender la casa Peabody; algo de su extraña historia les debió de haber contado mi abuelo, porque seguramente fue él quien hizo enterrar boca abajo al bisabuelo en el panteón de la familia. Y, por mucho que quisieran burlarse de las supersticiosas creencias que habían heredado, no estaban dispuestos a arriesgarse. Comprendí también por qué no se quedaban mucho tiempo los inquilinos: la casa misma era una especie de foco que atraía fuerzas ajenas a la comprensión y control de los seres humanos. Yo sabia ya que me había infectado con el hálito de la vivienda y, en cierto modo, era prisionero de la casa y su maligna historia.

Busqué la única senda que podía conducirme a alguna información; el manuscrito del diario llevado por mi bisabuelo. Me dirigí a él, sin desayunar siquiera, y pude ver que se trataba de una secuencia de notas, tomadas con letra fluida, junto con recortes de cartas, periódicos, revistas, e incluso de libros que el había considerado de interés. Éstos no guardaban mucha relación, aunque todos trataban de acontecimientos inexplicables que, incluso a juicio del bisabuelo, debían tener algo que ver con brujería. Sus anotaciones eran cortas, pero reveladoras.

”Hice lo que tenía que hacer hoy. J. Vuelve a tener carne, es increíble. Pero eso es parte del saber. Una vez se da la vuelta, todo empieza de nuevo. El familiar vuelve, y el barro recobra un poco de forma con cada nuevo sacrificio. El darle la vuelta ahora seria inútil. Sólo está el fuego.”

Y en otro lugar:

“Algo en la casa. ¿Un gato? Lo veo, pero no puedo cogerlo.”

“Definitivamente es un gato negro. De donde ha venido, no lo sé. Pesadillas. Dos veces en una misa negra.”

“En el sueño, el gato me llevó hacia el libro negro. Firmé.”

“En el sueño, un diablillo llamado Balor. Muy hermoso. Me explicó en qué consistía su servidumbre.”

Y poco después:

“Balor vino hoy hacia mi. Nunca hubiese dicho que era el mismo. Es un gato tan hermoso como lo era el joven diablillo. Le pregunte si bajo esta misma forma había servido a J. Indicó que sí. Me condujo hacia la esquina que es el extraño y extra-dimensional ángulo que conduce al exterior. J. lo había construido así. Me enseñó cómo caminar a través de ella…”

No podía leer más. Ya había leído demasiado. Sabía ahora lo que había ocurrido con los restos de Jedediah Peabody. Y sabía lo que tenía que hacer. Por mucho que me asustara lo que pudiera encontrar, fui sin demora al panteón de los Peabody, entre en él, y me obligué a ir al ataúd de mi bisabuelo. Allí, por primera vez, observé una placa de bronce clavada debajo del nombre de Asaph Peabody, y lo que en ella había grabado:

“¡Ay de aquel que turbe su descanso!”

Entonces levanté la tapa. Aunque debería habérmelo esperado, de todos modos me horrorizó lo que vi. Los huesos que había visto con anterioridad estaban muy modificados. Lo que había sido más que huesos y trozos de huesos, polvo y jirones de ropa, había sufrido una espantosa metamorfosis. La carne empezaba a crecer otra vez en los restos de mi bisabuelo, Asaph Peabody. Carne que provenía del mal, que empezaba a revivir gracias al mal desde que yo inconscientemente había dado vuelta a sus restos mortales. ¡Y esa otra cosa dentro del ataúd, el pobre, espeluznante cuerpo de aquel niño que había desaparecido de la casa de George Taylor hacía menos de diez días y que ya tenía una apariencia de piel endurecida, acartonada, como si hubiese sido vaciado, y parcialmente momificado!

Hui del panteón, anonadado por el terror, pero sólo para hacer la hoguera que era necesario encender. Trabajé con rapidez, por si alguien me sorprendía, aunque sabía que la gente había rehuido la casa de los Peabody durante mucho tiempo. Una vez hecho esto saque el ataúd de Asaph Peabody y su contenido y lo deposité en la hoguera, igual que muchos años antes había hecho Asaph Peabody con el ataúd de Jedediah y su contenido. Me quedé contemplando como se consumían el féretro y lo que había dentro; fui el único en oír el desapacible y espeluznante lamento que surgió de las llamas, como el fantasma de un grito. Durante toda esa noche continuaron encendidas las brasas de la hoguera. Las veía desde la ventana de la casa. Y dentro vi algo más. Un gato negro que entró por la puerta de mi habitación y que me miraba torvamente. Recordé el camino pantanoso que había tomado, las huellas en el barro, y el barro en mis zapatos. Recordé el arañazo en mi muñeca, y el libro negro en que había firmado. Al Igual que lo había firmado Asaph Peabody. Me volví hacia donde estaba el gato entre las sombras, y lo llamé suavemente:

-¡Balor!

Se acercó y se sentó sobre sus patas traseras, en el umbral de la puerta. Cogí el revolver del cajón de mi mesa y le disparé. Siguió mirándome sin mover un solo músculo. Balor. Uno de los demonios menores.

Éste era, entonces el legado Peabody. La casa, los terrenos, los bosques, eran únicamente los aspectos materiales de los ángulos extra-dimensionales de la habitación secreta, el camino del pantano, las firmas en el libro negro. Y ahora me hago una pregunta: ¿Quién cuando esté muerto y sea enterrado como los otros, me dará la vuelta?